15 de junio de 2025

Laâyoune o El Aaiún, y sus playas

No tardó más de media hora que se llenara el taxi compartido (o Grand Taxi) de 6 pasajeros que se dirigía hacia El Aaiun (Laâyoune), antigua provincia en el Sahara español. Solo 2h. de trayecto, rápido, cómodo, pues pude elegir la ventana izquierda que no da de lleno el sol durante el trayecto, pudiendo observar con más claridad el paisaje: el Atlántico de fondo, dunas solitarias (o barhams) con caprichosas formas de media luna a causa de los vientos, amplios terrenos desolados con escasa y triste vegetación, mucha arena y piedras, enormes extensiones de dunas de arena rubia (o ergs), carteles en francés de “Danger des Sables” (peligro por movimientos de arena), o de dromedarios sueltos por ahí, tranquilos ellos, pastando. La construcción de esta carretera ha modificado la panorámica por el amplio allanamiento del terreno a ambos lados de la misma. 
La bruma fresca que llega del mar al chocar las olas contra los acantilados invade todo el entorno y se va perdiendo mientras avanzamos la limpieza del aire al mezclarse con el polvo que mueve el viento caliente de tierra. 
Apenas hay tráfico de vehículos particulares. Son las guaguas y los taxis compartidos los que más circulan por ella.
Algunos dromedarios que comen el escaso pasto levantan la cabeza y observan a los vehículos pasar. Sin más. Están acostumbrados. Muchos de ellos pertenecen a los nómadas. Unos servirán para el transporte y otros serán carne de mercado muy apreciada en esta parte del desierto. Su figura es muy diferente a los del Sahel. Son más pequeños, parecen como más enfermos, a muchos les faltan parte de su pelaje. Los hay grises-negros, dorados o casi blancos.
A poco de llegar a Laâyoune pasamos paralelo a la gran zona amurallada de la empresa minera Phosboucraa (Fosbucraa cuando lo explotaban los españoles), que proviene de los yacimientos de fosfatos a cielo abierto del interior, ubicada en el pequeño emplazamiento llamado Marsa. Unos pocos kilómetros más allá se encuentra El Marsa (o Laâyoune Plage).
Me pareció un lugar atractivo por su situación frente a la playa y por sus sitios históricos que no me quería perder, por lo tanto me propuse regresar más tarde a pasar varios días en esta parte de la costa sahariana. Continuamos por la carretera hacia la ciudad que se encuentra a 29Kms.. 
La arena del desierto, según los vientos, va cubriendo parte de la carretera por partes. Varios tractores están constantemente arrastrándola fuera de ella ya que es un peligro para la conducción.
La entrada por el S. a El Aaiún se hace atravesando una estructura de hormigón que simula varias dunas juntas. Debajo, a la sombra, el control policial correspondiente. A los vehículos de transportes de pasajeros no se les detiene para pedir documentación. Se conocen. La estación (Gare Routière) de los Grand Taxis se encuentra en la avenida Abou Baker Seddik, al N.O. de la ciudad, junto al 
lago Oued Essaquia Lhamra (o lo que antes era el río Saquia el Hamra, ya que no ha llovido desde hace mucho tiempo y sus aguas están estancadas). Hay una enorme vida en sus verdes orillas y junto a las enormes dunas que acaban ahí. 
Me he quedado en el hotel Jodesa (170Dm/baño/tv/ventana a la calle principal y a sus terrazas de té). Igualmente lo había reservado por teléfono gracias al mapa de Google (hay referencias escritas de anteriores huéspedes), por ser más económico que en las plataformas de reservas.
Como viene siendo costumbre, antes de que el calor fuera más intenso, aproveché para realizar el habitual reconocimiento de los alrededores del hotel, localizar restaurantes locales, que son más populares y algunos lugares simbólicos de la ciudad como la plaza Oum Saad y la plaza Menchuar, puntos céntrico para ubicarme y no perderme. Una de las calles principales, el Boulevard Meka, es donde se encuentra mi hotel y junto al Boulevard Mohamed V prácticamente cortan la ciudad en dos. La parte baja corresponde a los barrios antiguos y la alta a las nuevas edificaciones que se mezclan con otras más vetustas.  Está llena de tiendas de ropa, de cosmética, de telefonía, restaurantes, terrazas, peluquerías, algunas pâtisseries que desprende un exquisito olor....
Laâyoune, antiguamente conocida como la "Ciudad de las Fuentes y los Manantiales", no es una gran capital, ni siquiera una gran ciudad; es solo una cabeza de provincia poco acostumbrada al turismo, en constante evolución, nada que ver cuando andaban los españolitos por aquí, aunque aún quedan algunas reminiscencias constructivas en estado precario.
A medio día sucede igual, que apenas hay movimiento de gente caminando, pero sí de vehículos. Y muchos taxis (Petit Taxi). Son económicos, no más de 7Dm. Fáciles de pillar y llevan a cualquier lado siempre y cuando se mueva por su zona, recogiendo a más pasajeros.
Hay muchos militares y policías y muchísimos cuarteles. Todo este territorio saharaui sigue en litigio entre la República Árabe Saharaui Democrática y el Reino Alauita de Marruecos. Esta es la capital de este Territorio No Autónomo (son 17) que se encuentra bajo supervisión del Comité Especial de Descolonización de la Organización de las Naciones Unidas, con el fin de terminar el colonialismo, que nunca llega por intereses económicos y geo-políticos. 
Volví unas horas al hotel tras almorzar en el resturante Amwaj Dar I'baldi, cerca de la Plaza Oum Saad, un exquisito cous cous, por ser viernes, y descansé con la ventana abierta mientras oía el sonido de la calle.
Luego, nuevamente, "pa fuera pa la calle" a encontrarme con nuevos sitios. Bajando hacia el río/lago, al otro lado de la avenida, dirección E., ya en la parte vieja, se encuentra lo que fue el antiguo hotel Parador Nacional (hoy lo lleva una empresa hostelera marroquí), una edificación de estilo mudéjar o hispano árabe, que dominaba visualmente el casco de la ciudad y el lago Dait Um Saad (al otro lado del puente de la carretera nacional 1 que lo atraviesa y lo divide del Oued Essaquia Lhamra). Fue inaugurado en 1968 por Manuel Fraga Iribarne y entregado a las autoridades marroquíes en diciembre de 1975. Según dicen, dispone de 21 habitaciones, 1 suite, comedor, salones, bar, piscina y servicios, y dotado de aire acondicionado. 
Un poco más allá la Catedral española de San Francisco Asís que servía a los casi 30.000 habitantes españoles que vivían en el Sahara, la mayoría en El Aaiún, junto a otros 74.000 saharauis, construida en un peculiar "estilo del desierto", con un lateral que imita las dunas (ahora con servicio sólo sábados y domingos), y que antaño colindaba con los centros del poder español: la casa del gobernador, el ayuntamiento y el cuartel general del ejército. Junto a ella está lo que fue el antiguo Casino Español, casi fantasmal con su salón de baile y su sala de actos vacíos. A varios cientos de metros, y frente la nueva Gare Routiere (o Estación de Transporte público) de guaguas, se encuentra un conjunto de casas esféricas rosa-ocre dentro de un recinto cerrado que supongo fueron parte del barrio emblemático construido por los españoles  y, paralela al río, muchas viviendas en estado caótico con techos también redondos junto a otras nuevas edificaciones. Se observa que poco o nada están haciendo sus habitantes, ni la administración local, para conservarlas en mejor estado. Así se va perdiendo recuerdos del pasado, herencia española. 6 años después de la fundación de El Aaiún, contaba con barrio comercial, "importantes almacenes de sociedades al por mayor", calles espaciosas, plazas amplias, escuelas, hospital, cómodas viviendas y una población indígena sedentarizada que edificaba por su cuenta viviendas para sí y para alquilar, labraban tierras, poseían huertas, hornos de cal, gallineros, vaquerías, porquerizas...
Bajando al lago, y al otro, en frente, muchas dunas. Una larga alineación de dunas enormes que parece haberse detenido ahí mismo por arte de magia.
Entre el atardecer y la caída del sol... mucho más movimiento de gente. Y más gente sentada en las terrazas con sus cafés o sus teteras, y más tráfico. La puesta de sol detrás de las dunas es extraordinaria. Sus diferentes colores dorados a rojizos se acentúan lentamente. Tres lugares esenciales para verlo: desde las mismas dunas -sólo hay que cruzar la zona fangosa y empantanada-, desde el puente que lo cruza y desde la parte baja del barrio antiguo, a orillas del mismo. O para los más suertudos: desde la azotea de alguno de los hoteles más altos de esta ciudad.
El río Saquia el Hamra, que recorre tímidamente esta región del Sáhara Occidental, fue apaciguado hace décadas mediante sencillas presas de adobe y piedra y luego con la llegada de nuevos materiales de construcción reforzado para conseguir hacer de su cauce una presa que pudiera abastecer a los habitantes de la ciudad de esta ciudad. Pero con la llega del agua corriente estos mismos pobladores dieron la espalda al embalse que poco a poco fue relegado a un segundo plano y hoy presenta aspectos contrarios y chocantes. Por un lado, las consecuencias del desarrollo moderno: basuras, escombros, contaminación y desechos y, por otro lado, la fuerza de la madre naturaleza que siempre busca la manera de dar nuevas salidas ante los cambios impuestos por los humanos. Por eso si se observa lo primero y nos centramos en lo segundo, el resultado es más atractivo y enriquecedor ya que me encuentro ahora en un auténtico oasis vegetal y animal a los pies de esta ciudad con palmerales, marismas y grandes extensiones de dunas doradas que sirven de hábitat a gran cantidad de aves y pequeños mamíferos que se alimentan de peces los primeros y de dátiles e insectos los segundos. 
Dos días más tarde me dirigí en grand taxi (12Dm) a El Marsa. Los españoles la llamaban Cabeza Playa Aaiún (hasta 1976) y en la mayoría de los mapas corresponde, en francés, a Laâyoune PlageMe he hospedado en el hotel El Marsa (180Dm/cama grande/baño/ventana a una de las calles/tv), también reservado vía teléfono el día anterior. 
Este lugar no es tan atractivo. Estoy rodeado de muros correspondiente a las empresas que trabajan en este enorme emplazamiento portuario y que se han comido una parte de la playa. Para alcanzar la mejor zona de baño hay que trasladarse varios kilómetros dirección N. donde se encuentra el pequeño asentamiento Foum el-Oued. Y un poco más allá la playa Nagjir.
El domingo fui a esa playa para observar el movimiento de sus vecinos que se acercan a pasar el día y como es el montaje alrededor de ella. Hay un minibús que sale todos los días cada media hora desde la parada de grand taxis y pasa por ese poblado (7Dm). A mitad de camino, y de la costa, se encuentra un barco varado, oxidado, a poca distancia de la orilla. Se trata de un pesquero islandés construido en 1980 que quedó atrapado en el bancal de arena durante una tormenta en 2009.
La avenida de la playa de Foum es larga, con viviendas en primera línea, muchas de ellas en estado de abandono o mal cuidadas. Hay varios kioscos y terrazas para comer o beber té. También grupos de pequeños cobertizos acondicionados con alfombra y cojines para pasar el día festivo en familia, descansando y haciendo de comer. O té.
Esta parte de la costa está dividida en varios sectores: desde antes del comienzo de la avenida hay jaimas para alquilar durante el día, en el centro los usuarios montan sus cobertizos improvisados con telas y cuerdas para protegerse del sol y el viento. Otros montan jaimas o arman tiendas de campaña. Dispone de una gran zona de aparcamiento. Al otro lado se encuentra la kilométrica playa Nagjir.
Es después de mediodía cuando comienza a llenarse de usuarios. En la arena se hace de todo: desde jugar con balones, hacer pequeñas fogatas para calentar el agua del té o la comida, diversos juegos en grupo o para bañarse, eso sí, hasta las rodillas.
Hay vigilancia con servicio de rescatistas que obligan a los bañistas a estar todos juntos, cerca de ellos, muy controlados. La playa es extremadamente larga. Se pierde a la vista debido a la bruma. 
De vuelta esperé en la carretera la llegada de la guagua correspondiente (7Dm) y bajé en el lugar donde se encuentra el barco encallado para observarlo de cerca. Es conmovedora la visión que se tiene del mismo. Está ahí tan cerca que con marea baja se puede llegar a él. 
Y desde allí regresé caminando por la orilla hasta el centro de esta pequeña población costera. Está llena de terrazas y pequeños restaurantes. Se come muy económico. Pero no hay tanta variedad como en Laâyoune.
Una vez controlado el medio de transporte adecuado por el horario de salida hacia Tarfaya, mi siguiente destino, será nuevamente CTM la compañía de guagua que me llevará hasta allá.